Publicado el 2026-09-14 · Mix Radio

Imagen ilustrativa. Bfk92 / Gettyimages.ru
Un reciente estudio ha revelado que la ruta aérea más turbulenta del mundo es la que une Santiago de Chile con la ciudad argentina de Mendoza. Este trayecto, que abarca 196 kilómetros y se recorre en aproximadamente una hora, se ve afectado por condiciones atmosféricas complejas, convirtiéndolo en el más ‘sacudido’ del planeta.
Según el análisis realizado por Turbli, se examinaron más de 10,000 vuelos y 550 aeropuertos a nivel mundial para determinar las rutas más propensas a las turbulencias. La conexión entre Santiago y Mendoza lidera esta lista, seguida por las rutas entre las ciudades chinas de Xining y Yinchuan, y Chengdú y Xining.
En América del Sur, las diez rutas más turbulentas son:
- Mendoza (Argentina) – Santiago (Chile), 196 kilómetros
- Córdoba (Argentina) – Santiago (Chile), 660 kilómetros
- Santa Cruz (Bolivia) – Santiago (Chile), 1,905 kilómetros
- Mendoza (Argentina) – Salta (Argentina), 940 kilómetros
- Mendoza (Argentina) – San Carlos de Bariloche (Argentina), 946 kilómetros
- Córdoba (Argentina) – Mendoza (Argentina), 464 kilómetros
- Salta (Argentina) – Santa Cruz (Bolivia), 834 kilómetros
- Córdoba (Argentina) – Salta (Argentina), 727 kilómetros
- San Carlos de Bariloche (Argentina) – Santiago (Chile), 861 kilómetros
- Asunción (Paraguay) – Santiago (Chile), 1,571 kilómetros
La razón detrás de estas intensas turbulencias radica en la orografía de la región. La cordillera de los Andes, que se extiende por 7,000 kilómetros y tiene una altitud media de 4,000 metros, influye significativamente en las corrientes de aire.
La orientación de la cordillera permite que el chorro subtropical, una corriente de viento de alta velocidad que sopla hacia el este, propague turbulencias a mayor altitud, alcanzando los niveles de crucero de los aviones.
Si el chorro subtropical no existiera, las ondas generadas por el viento al chocar con la cordillera se disiparían más rápidamente, reduciendo así la intensidad de las turbulencias. Este fenómeno es un recordatorio de cómo la geografía puede afectar la experiencia de volar.

